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HACER PARA CRECER

  • Por Nahuel Muxica

El llamado interno que insta a adentrarse en las disciplinas esotéricas puede llegar a cualquier edad. A mí me tocó a los 16. Viajé a través de muchos libros, conocí a muchas personas que aseguraban saber; me crucé con otras que sabían -que saben- sobre esas capacidades “ocultas” a las que supuestamente no todas las personas tienen acceso.


Jamás me consideré, ni me considero en el presente un “turista espiritual”. He transitado algunas sendas del conocimiento y del auto-conocimiento, y he aprendido a conocer y (sobre todo) a conocerme a mí mismo, a través de la aplicación de diversas técnicas. Y me considero, por sobre todas las cosas, un estudiante ávido de nuevas experiencias, un cuerpo dócil, un espíritu dispuesto a la expansión.


Escapan a mi entender las razones por las cuales la comunión con alguna disciplina resulta más sencilla para ciertas personas, supongo que ha de ser una cuestión de correspondencia, pero no lo sé. El Reiki ha sido para mí la respuesta para muchas cuestiones existenciales y -cabe aclarar que no atribuyo esto a las prescripciones de la disciplina-, sino a la simplicidad de los preceptos enarbolados.


El Reiki es una disciplina -no una religión-: el nivel de las capacidades obtenidas es directamente proporcional a la voluntad y a la práctica que cada persona le dedica a la práctica.


La capacidad que me interesa analizar en este escrito es la de “ver” a través de las manos… ver a través del espacio y del tiempo. Como occidentales de crianza católica, hemos aprendido que esta capacidad se les confiere únicamente a aquellas personas que fueron “elegidas” o que practican artes ocultas, o que pactan con fuerzas oscuras. En este sentido, el Reiki (así como la mayoría de las disciplinas de origen oriental) presenta un pilar diametralmente opuesto al de cualquier religión: Las religiones alientan a “creer para ver”, desde el Reiki se propone “creer (sobre todo en uno mismo, y practicar) para ver”.


Me gustaría resaltar el hecho de que aquellos/as que han alcanzado el Okuden kyu, y que desarrollan día a día la técnica para enviar Reiki a distancia, no resultan ser elegidos (en el sentido que habitualmente se le aplica a los religiosos), no practican artes ni disciplinas ocultas, ni han pactado con fuerzas oscuras. Sin embargo, son personas que han adquirido (aunque tal vez no resulten todavía conscientes aún de este hecho particular) la capacidad para trascender el espacio-tiempo a voluntad. Son (somos) personas normales, que no se consideran por encima de nadie y que -sin embargo- desarrollan la capacidad para trascender leyes físicas que son consideradas universales por la ciencia y por el escepticismo.


El Reiki es en una disciplina que nos aporta herramientas que nos permiten trascender el entorno espacio-temporal y las estructuras a las que estamos acostumbrados, y no sólo eso, sino que también nos permite operar sobre esa realidad para modificarla. Nos brinda la posibilidad de romper con límites que nos enseñaron a creer que son irrompibles, ampliar y expandir la consciencia, hasta comprender que la realidad es algo un poco más complejo -o acaso más simple- que lo que podemos percibir con los sentidos que usamos cotidianamente.


El hecho de pensar que esto constituye alguna clase de “poder” es un error enorme. Trascender el espacio-tiempo gracias a la técnica que aprendemos a través del Reiki es una capacidad al igual que lo es la capacidad y la técnica que se adquiere entrenando para correr una carrera. Es cuestión de confiar que se puede, y entrenar para poder, y una vez que se puede, desarrollar la capacidad y entrenar aún más, para perfeccionarse. Al igual que la práctica de cualquier deporte, aunque la habilidad resulte innata, es necesario entrenar y practicar periódicamente para que la habilidad se desarrolle.


Este es uno de los aspectos -a mi modesto entender- en el cual se hacen patentes las diferencias entre disciplina y religión que nos muestra el Reiki: el reikista se perfecciona y practica y opera sobre una realidad que (en apariencia) es distante; el religioso reza o pide para que una entidad superior opere sobre esa realidad. No te preocupes, ocúpate.