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CONOCER EL EQUILIBRIO

  • Por Roque Bielli

La existencia acontece como un péndulo que oscila entre estados de comodidad e incomodidad o, de manera más simple, entre el dolor y el gozo.


Para entender de manera práctica este concepto, tenemos que estar abiertos a experimentarnos a nosotros mismos como “madejas energéticas”. La fuerza vital que nos forma y nos anima es muy sutil, susceptibles de cambiar de estado continuamente. Es importante reconocer que ya hace varias décadas los científicos han coincidido en que materia y energía son los mismos y que, por consiguiente, todos es energía y todo vibra en nosotros en una determinada frecuencia. Hace miles de años, las enseñanzas espirituales de los sabios e iluminados de la India fueron llevadas a la China gracias a los maestros del antiguo Tíbet.

 

Ellos fueron los encargados de organizar y dar forma a los conocimientos que hoy se denominan “Filosofía de Oriente”. Así, fueron elaborados y trasmitidos los conceptos fundamentales de muchas de las teorías esotéricas que hoy conocemos.

 

En la China, estos maestros expusieron muy simple su teoría de la creación del Universo. Según ellos, antes de la creación, existía un estado primordial y omnipresente que denominamos principio único. El todo y la nada estaban incorporados en él con todo el potencial latente de la creación. Luego, el principio único se habría dividido en dos frecuencias energéticas de igual poder pero de Naturaleza opuestas o complementarias, que estos sabios llamaron el “ying y yang". A partir de esa división surgió la creación toda: la tierra y el cielo, la luna y el sol, la noche y el día, lo femenino y lo masculino, la oscuridad y la luz, y así sucesivamente, aplicándose a partir de allí la teoría del ying –yang. Un extremo no puede existir sin el otro. Para conocer la Luz necesariamente conocemos la oscuridad.

 

Otra forma de ver las dualidades, aparece en el templo de Salomón con sus columnas B y J, emblema de los principios y de los pares complementarios que dominan el mundo visible. La actividad combinada de estos dos principios aparece manifestada en el “pavimento de mosaicos” en cuadros blancos y negros. El pavimento de mosaicos es un hermoso emblema de la “multiplicidad engendrada por la dualidad” constituida por los pares de opuestos que se encuentran constantemente el uno cerca del otro: el sueño y la vigilia, el dolor y el placer, la dicha la desdicha, etc. Sobre estos opuestos, es que se hallan sobre todos los caminos y en todas las etapas de nuestra existencia.

 

Si aplicamos el concepto de los opuestos energéticos y complementarios a los estados emocionales, vamos a encontrar, de un lado, el dolor y el displacer extremados; en el lado opuesto, el extremado gozo y el extremado placer. Y no es probable que sepamos mucho acerca del placer a menos que alguna vez hayamos experimentado dis-placer. Es entonces cuando nos damos cuenta de cuan cómodos o tranquilos nos sentíamos con determinada persona o en determinada situación. La privación de lo placentero crea el contraste que nos permite saber cuánto deseamos aquello que nos hace sentir bien. Por ej. Caminamos todos los días sin darnos cuenta de que lo que hacemos ni como lo hacemos, hasta que tenemos una piedra en el zapato o nos lastimamos un pie.


Si transcurriéramos nuestra existencia humana como lo hace el resto de la creación, fluyendo naturalmente entre los opuestos energéticos de lo que siente “bien” y de lo que se siente “mal”, pasaríamos una parte de ella en la zona del “gozo”, y otra en la zona del “dolor” y el resto fluyendo a través de toda la graduación intermedia que existe entre el gozo y el dolor. En la práctica eso no es lo que ocurre.

 

Nosotros los seres humanos, hemos olvidado como permitir que las cosas fluyan de manera natural. Nuestra mente racional está programada para controlar o resistir ese ciclo natural a través de hábitos mentales y emocionales que conforman una “una identidad energética artificial” (denominada ego en diversas corrientes de pensamientos) que solo quiere y acepta el gozo y evita o rechaza el dolor. A través de este condicionamiento cultural, el dolor deja de ser una experiencia energética y pasa a estar asociado con miedo, queja, culpa, vergüenza, frustración, furia y muchos otros sentimientos negativos.

 

Cuando las circunstancias son favorables para la identidad artificial (cuando todo sucede como nos gusta o según como estamos programados) nos sentimos intensamente feliz y creemos que ese estado debería ser permanente.


Energéticamente estamos totalmente entregados, oscilando con el péndulo hacia a tope del gozo.

 

El péndulo, como tal, no puede permanecer todo el tiempo en la zona de alegría. Es natural que en algún momento se mueva hacia el centro y luego se desplace hacia el extremo del dolor.

 

En ese “continuum” ubicado entre el gozo y el dolor es donde ocurro nuestra existencia. Pero eso es precisamente lo que nuestra identidad artificial no está dispuesto aceptar. Esto es así, porque nuestra mente racional ha sido programada para evitar el dolor y recurre a todas las estrategias imaginables para resistir el movimiento natural de péndulo. Esta resistencia solo sirve para retardar el curso oscilatorio, que a veces inclusive se estanca en el camino hacia el dolor extremado y pasa más tiempo en el lado del dolor, que es precisamente lo que se trataba de evitar. Así es como se perpetúa en nosotros la resonancia de aquello estamos tan habitados a sentir: “el sufrimiento”, que es producto de la resistencia al dolor. El péndulo no va a volver a su centro mientras no haya completado su ciclo. De modo que, cuanto más resistamos su natural fluir, más tiempo va a pasar en el lado que “se siente mal”. Esto explica que sea más familiar el sufrimiento que la alegría. De manera inconsciente, agotamos muy rápido las buenas sensaciones y resistimos las desagradables interminablemente.


La resonancia del sufrimiento perpetuo continuara hasta que por fin nos permitamos experimentarlo, abrazarlo tal cual es. No nos tiene que gustar ni tenemos que estar de acuerdo con lo que está pasando.


Este paso es el corolario de un proceso que ocurre como consecuencia de tomar responsabilidad por la propia vida y aceptar lo que sucede. Es el momento de utilizar el cincel, en su máxima expresión de la inteligencia, como herramienta fundamental.

En otros casos, la aceptación surge del proceso de hacerse amigo de la vida y tomar conciencia de que oscilar de un lado a otro del péndulo es un proceso natural. Los extremos ya no nos interesan y reconocemos que el punto central del péndulo es lo único que permanece firme y, por consiguiente, es el punto de poder.


El conocimiento del Uno (un conocimiento que para ser tal debe superar la ilusión de la Dualidad, entre “sujeto conocedor” y “objeto conocido”, que es la base de todo conocimiento ordinario) es el objeto supremo de toda filosofía y de toda religión: todo conocimiento relativo que se funde en este reconocimiento de la Unidad del Primer Principio tiene su base en la Realidad; toda ciencia o conocimiento que lo descuide no es verdadero conocimiento, dado que descansa fundamentalmente en la ilusión.

 

Conocer la Unidad del todo es, pues conocer la Realidad “lo que es” verdaderamente. La Dualidad empieza en el dominio mismo de la conciencia, con la distinción entre “yo” y “aquello” entre sujeto y objeto (sujeto conocedor y objeto conocido) constituyen así el fundamento de todo nuestro conocimiento y experiencias, tanto interior como exterior.

 

Desde nuestro trabajo interno, ¿Sabemos reconocer estos estados? ¿Somos capaces de diferenciarlos?.

 

 

 

Bibliografía.
La Memoria de las Células. Ruíz Díaz

Neurología.Convergencia entre Neurociencia y el Psicoanálisis. Cecilia Paniagua