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REVOLUCIONANDO EL PROPIO SER

  • Por Soledad Díaz

En la sociedad actual occidental en la que estamos inmersos, existe una gran diversidad de estructuras que limitan y determinan nuestras formas de pensar, sentir y hacer. Estas estructuras, estratégicamente impuestas por el avasallante conjunto de ideas religiosas, neoliberales y meritocráticas, son las encargadas de generar una masa homogénea de seres humanos; que debe actuar bajo estándares determinados para un “correcto” funcionamiento de la sociedad. Si por alguna razón, algún integrante de esta gran masa, produce un quiebre en alguna de las estructuras establecidas, corre el riesgo de ser condenado a la marginalidad al no cumplir con la única fórmula para ser feliz, que es la misma para todos. Cuando ésto ocurre, aun aceptando el riesgo que conlleva dicha ruptura, el ser humano se convierte en un transgresor, es decir, una persona que actúa en contra de una norma o costumbre. Durante el transcurso de su camino revolucionario, el transgresor, puede encontrarse con otros pares, generando vientos de cambio que finalmente producirán algún cambio de paradigma.

Sin embargo, un transgresor, no es solamente aquel que gatilla una reacción revolucionaria que llega a las masas, planteado una nueva visión sobre las normas; sino también, es aquel que adquiere la capacidad de romper sus propias estructuras (sean religiosas, socio-culturales, familiares, personales, etc.) dentro de su interior; derribando las propias murallas y corriendo los escombros, para ir destapando la esencia del ser. Aunque esto resulte factible, es muy complejo de llevarlo a cabo, ya que muchas veces, cuando queremos realizar algo que realmente nos gusta y nos nace desde lo más profundo de nuestro ser, nos cuestionamos inmediatamente si es “lo correcto”. Y ¿qué seria “lo correcto”, bajo este hilo de pensamiento? Es aquello que satisfaga las estructuras que nos rodean para cumplir con lo que debemos ser. Si nuestras acciones no siguen esta línea, las dejaremos de lado o nos limitaremos a actuar de cierta manera, aún teniendo el conocimiento de lo que realmente nos gusta. De esta manera, no nos arriesgamos, nos vamos conformando, enlenteciendo, llegando a bloquear lo que realmente somos.


Cuando practicamos ciertas disciplinas energéticas, como es el caso del Reiki, comenzamos a transitar el camino de la introspección y del autoconocimiento. En este estado de autoevaluación constante, vamos descubriendo ciertas preferencias y prioridades y logramos romper las estructuras que nos limitan, disolviendo viejas y encarcelantes creencias, aceptando las propias sombras y enterrando miedos. Todo esto en su conjunto, nos abre el camino del crecimiento constante, que es el gran regalo que ofrece la disciplina del Reiki. De esta manera, logramos conectarnos con nuestro ser interior, que es allí donde reside la verdadera protección y fortaleza que permitirán transitar el camino de la búsqueda espiritual, el cual a su vez, nos llevará a encontrarnos cara a cara con la felicidad.

 

Es por esto, que la disciplina nos anuncia otra realidad posible y aunque sean inevitables los momentos de quiebre y desequilibrio emocional que sentimos al derribar todas las estructuras que nos limitan; es necesario comprender que “en los extravíos nos esperan los hallazgos, porque es preciso perderse para volver a encontrarse”.